El verano y un naufragio

 

Malecón de Pacasmayo. Foto R. Sessarego, 1946



Nos íbamos a pasar el verano en Pacasmayo, junto al mar; mi papá arrendaba una casa y nos íbamos a pasar los tres meses. Había cabotaje en esa esa época y llegaban barcos a Pacasmayo, y entonces mi hermano Roger nos apostaba quién veía qué barco llegaba. Siempre ganaba él, porque él conocía al Mantaro al Urubamba, tenían nombre de río los barcos.

Años después nos dimos cuenta de que mi hermano sabía qué barcos llegaban porque leía en el diario La Unión “hoy llega…” el barco tal a Pacasmayo, salían los nombres de barcos que llegaban.

Ya en ese tiempo los barcos no llegaban al muelle; a la mitad del muelle se la había llevado el mar. Había lanchones; descargaban los barcos y de los lanchones lo subían al muelle.

El último verano lo pasamos en un rancho que había hecho construir mi papá en El Milagro, y entonces ahí una medianoche hubo una especie de sonido lúgubre, una cosa espantosa. Al segundo o tercer sonido ya toda la familia estaba en pie. Prendimos las lámparas de kerosene. Mi papá decía que había un barco llamando al puerto porque se había apagado el faro. 

Al día siguiente -nos levantábamos muy temprano- Antenor llevaba una canasta para pescar y yo una jarra para traer los pescaditos, pero cual seria nuestra sorpresa pues frente a mi casa había un barco. Había encallado en El Milagro un barco que se llamaba Montecristi. 

Fue un dia muy entretenido, porque después empezaron a llegar los camiones de Pacasmayo, de Guadalupe, de Chepén, de San Pedro. Y los lanchones que venían de Pacasmayo sacaban harina. Era un barco que traía harina.

Entonces desembarcaban la harina del Montecristi y todos los camiones se iban llenos de harina. 

Yo tenía seis años, seguramente. Lo dejamos encallado al Montecristi. Ahí terminó, no lo reflotaron.

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